LAS TECLAS NEGRAS NOVEDADES page 2

Pianistas al laboratorio

“Yo no estoy hecho para dar conciertos; el público me intimida, me siento asfixiado por su impaciencia precipitada, paralizado por sus miradas curiosas, mudo ante esas fisonomías desconocidas”, comentaba Chopin posiblemente en medio de un mal día.

La respiración en el canto o las prácticas vocales son ejercicios tan intrínsecos para un cantante como saberse la letra de la canción, pero ¿qué pasa con los músicos? Aunque ya se han estudiado las lesiones que cada instrumento puede provocar a su dueño ahora, Francisco Daunesse, pianista profesional, quiere comprobar médicamente lo que intuyó cuando cursaba los estudios superiores de piano; no sólo la presencia de público, sino que cada ritmo, cada nota, también es capaz de alterar los ritmos cardiacos y respiratorios de quienes tocan y, como en los cantantes, una buena “técnica respiro-pedagógica” quizá hubiese facilitado la vida tanto al genio polaco de Chopin como a los actuales pianistas, profesionales o estudiantes, en sus habilidades musicales.

Chopin marca el esfuerzo

Para demostrar esta hipótesis, Daunesse ha puesto ‘manos al teclado’ a 10 pianistas profesionales y a varios médicos, entre los que destaca el director de la tesis, Juan Carlos Segovia, coordinador del centro de Medicina Deportiva de la Universidad Complutense de Madrid. Con un piano patrocinado por Yamaha, en medio de una especie de laboratorio y frente a una improvisada sala de butacas, Daunesse y Segovia recogen y comprueban los resultados. “Desde el primer momento queríamos que el pianista se sintiese como en una representación real, con una pieza que se escucha habitualmente en las salas de concierto e, incluso con público para que los datos fueran lo más fidedignos posibles”, explica Daunesse mientras uno de ‘sus pianistas’ saluda a los improvisados aplausos ataviado con una mascarilla y unos electrodos.

“A cada pianista se le miden las variaciones cardiacas y respiratorias antes y después de que empiece a tocar para saber cuáles son los niveles normales de los que se parte y cómo varían durante la prueba“, explica el doctor Segovia. “Esto es importante porque, de demostrarse que hay variaciones dignas de estudio, se podría facilitar mucho la vida del músico profesional”, continua Daunesse. “Muchas veces no se tiene en cuenta, pero si el pianista o cualquier otro músico se deja llevar por la música y no sabe respirar adecuadamente termina agotado, aumenta la tensión y, por supuesto, se nota en lo que tocas”, añade.

Para el experimento, todos los pianistas tuvieron que interpretar el ‘Scherzo n. 2′ de Chopin, una obra de unos 10 minutos, bastante habitual en cualquier programa de concierto, que contiene diferentes momentos de virtuosismo y calma, necesarios para saber si, ya no sólo los nervios del directo sino también la pieza que tocan, varían los dos parámetros de la respiración y el latido cardiaco.

Una técnica más

Para el doctor Segovia, los primeros frutos de la investigación ya están dando resultados afirmativos: “De momento estamos observando las variables cardiacas, donde es claro que hay mayores pulsaciones tanto en el momento de saludo al público, como en los momentos de mayor virtuosismo, en comparación con los momentos tranquilos. En cuanto a los respiratorios, como son muchas variables, tardarán más los resultados, pero todo apunta a que también puede haber variaciones, aunque habrá que comprobar si son significativas y si siguen los mismos patrones que el cardiaco”, afirma.

Daunesse, que fue el primero en probar en sí mismo su experimento, recuerda cómo fueron sus resultados: “Cuando salí a saludar al público, me sentía tranquilo, pero resultó que no era así: El ritmo cardiaco se había acelerado. Pero, además, estamos demostrando que no sólo es en ese momento, también depende de lo que se toque, por lo que nos gustaría, más adelante, hacer la misma prueba con otros compositores y otros estilos de música”, explica.

“Esto también nos indica la necesidad que tiene todo músico de mantenerse en forma“, explica categórico Segovia. “En todos los deportistas es necesaria una preparación física y, aunque veamos a un señor sentado en una banqueta tocando, hay una fuerte carga de tensión de la que tiene que recuperarse. Hay que tener en cuenta que los músicos profesionales salen de un recital, ensayan, tienen otro recital… si no se relajan de forma adecuada antes del trabajo y tienen una buena preparación, se va a notar tanto en las posturas forzadas durante mucho tiempo, que pueden llevar a casos de enfermedades en los dedos, como en la frecuencia cardiaca. Por ello necesitan practicar ejercicio físico para evitar que la carrera profesional de estas personas sea corta y quizá también realizar intervalos de descanso más seguidos que los que hacen”.

E ilustra su afirmación con un ejemplo: “Es lo mismo que le pasaba a Nimzowitch -famoso ajedrecista letón- que, cuando no le tocaba mover ficha, se marchaba a un rincón de la sala y empezaba a hacer estiramientos y ejercicios. Quizá esta tesis también aporte pruebas científicas de la necesidad que tiene un músico de parar y hacer unos ejercicios de estiramiento cada menos tiempo de lo que se hace ahora… los que lo hacen”, asegura este doctor.

“La idea es que si estamos en lo correcto se aplique la respiración como una técnica más en la Pedagogía del Piano“, afirma Daunesse, algo que ya reclaman muchos de los pianistas que se han sometido a la prueba. José María Duque, uno de los ‘conejillos de indias’, está seguro de que muchos músicos no son conscientes del estrés que conlleva su instrumento, “porque todavía no entendemos que nuestro cuerpo es nuestra principal herramienta de trabajo”. En su caso, Duque aprendió de la peor forma esta lección al lesionarse varias veces: “Desde entonces hago ciertos ejercicios de muñecas, de cadera, paro cada cierto tiempo… y también ejercicios de respiración, lo importante es dominar al piano no que él, el ritmo o los nervios te dominen a ti, si pasa se nota también en lo que interpretas”.

Piano comunitario

La cita era rara. Me llama una señora y como en las comedias de TV tan de moda hace un par de años se presenta como Presidenta de una Comunidad de Vecinos de un pueblo/ciudad de Castilla La Mancha. Luego de necesarias formalidades (me pregunta si visito esa zona, el costo de afinar un piano, etc) concertamos una cita pero con una advertencia: no puedo llegar tarde ni quedarme ni un minuto por encima de 1:15hs. Los afinadores de pianos a veces presenciamos o protagonizamos situaciones curiosas o llamativas pero esta era, además, intrigante. Concurro al lugar señalado con 15 minutos de anticipación y la clienta me hace pasar y me dice que debemos esperar para ver el piano. A la hora señalada me saca de su casa, me hace subir un piso por escalera, abre una puerta y me muestra un piano completamente desafinado, un piano pandereta. Curiosamente el piano estaba abierto, con partituras sobre el atril y con todos los signos de haber sido usado recientemente. Normalmente los pianos pandereta no se usan. Son pianos abandonados ya que el sonido que producen es sumamente desagradable. Hago un par de preguntas necesarias para hacer mejor mi trabajo y solo obtengo un par de “no sé” como respuesta así que comienzo mi trabajo de afinador con cierta incomodidad. Desarmo el piano, un Yamaha,  saco de mi maletín  el diapasón y el martillo de afinar, y a toda velocidad afino el instrumento. En 1:10 hs saco adelante una afinación de la que no me enorgullezco pero que es más que correcta. Con cuarenta minutos más de trabajo el piano hubiera quedado impecable. La clienta, que no era pianista, recibe una llamada y me conmina a abandonar el lugar a toda prisa. Me lleva de nuevo a su apartamento y mientras me paga me cuenta la historia de esa afinación:

La dueña del piano se quedó completamente sorda hace una década. Completamente sorda es completamente sorda. Y, pobre mujer, hacía menos de un año que había enviudado.  A quien alguna vez le haya tocado pasar por malas circunstancias entenderá que esta señora se refugiará en una actividad que hacía varias décadas había abandonado y decidió, aunque no pudiera escucharlo, volver a tocar el piano. Le sacó el polvo al instrumento con el que los hijos, ya mayores, habían aprendido a tocar hacía dos decadas y como consuelo a su dolor tocaba entre dos y tres horas al día en ese piano completamente desafinado.  Los vecinos estaban irritados. El piano, en esas condiciones era una tortura y como entendían que la situación no se arreglaba con una charla decidieron regalarle a la Comunidad de Vecinos una afinación de ese piano al que ya consideraban maldito. Hicieron una derrama (bastante pequeña) y encargaron a la Presidenta de la Comunidad que hiciera las gestiones pertinentes. La cita conmigo, el afinador del piano coincidió “casualmente” con una cita de nuestra sorda pianista con el médico y la llamada que recibió la Presidenta, era justamente del galeno que también estaba en el complot del regalo de una afinación, avisando que ya no podía demorar más para atender a nuestra agasajada. Por una vez el trabajo de afinador sirvió para evitar un conflicto mayor.

“La música es como un lenguaje, y en ella puedes escuchar conversaciones”

Reportaje al gran pianista de origen chino aparecido en El Pais hace menos de un mes.

El estatus de celebridad que el pianista chino Lang Lang ha adquirido en los últimos años habla de una nueva mentalidad sobre la música clásica. La conferencia que tuvo lugar ayer en el auditorio del museo Reina Sofía de Madrid, moderada por el periodista Jesús Ruiz Mantilla y auspiciada por Telefónica, es la prueba de cómo de ser prácticamente desconocidos para el gran público, estos músicos comienzan a abrirse camino al estrellato mediático, y con él, a la mayor difusión de su obra. Unas 200 personas, que religiosamente hicieron cola a la intemperie bajo una llovizna que acabó en aguacero, acudieron a ver y oír a Lang Lang hablar de su arte, sí, pero también de sus viajes, de sus proyectos filantrópicos, de su infancia o de su visión de un mundo en crisis.

Por partes. De la música -de su música- el pianista contó que esa misma tarde había estado grabando una pieza de flamenco. Del flamenco, la conversación derivó en las diversas músicas españolas, y de ahí a las europeas. “Cuando era pequeño no me daba cuenta de que los europeos eran tan diferentes entre ellos, lo mismo que pasa cuando los europeos piensan en los asiáticos”, explicaba Lang, que ahora tiene 29 años. “Luego te das cuenta de que la música es como un lenguaje, y en la música de un país puedes escuchar las conversaciones de un idioma”.

En el repaso por su infancia y adolescencia, relató Lang cómo una de sus primeras profesoras de piano casi le hizo desistir de su pasión. “Teníamos problemas de incomunicación, y al final ella me despidió”, contaba entre las risas del público en un inglés fluido, al que el periodista Ruiz Mantilla daba réplica en castellano. Después de ella, llegó Pekín, adonde se mudó desde su Shenyang natal junto a su padre. “Al principio fue duro adaptarme, y sobre todo echaba de menos a mi madre”. (Quizá para no sentirse en el extranjero, el pianista acudió con ella a la conferencia). Más tarde, el salto a EE UU. “Allí aprendí a abrir mi mente en vez de enfocarme solo en un periodo musical o en un país. Todo el mundo debería tener la oportunidad de aprender de todo”.

Ese carácter generoso que ya había sugerido, salió a relucir de pleno con su trabajo con doce niños -unos con talento musical, otros más desaventajados-, a quienes la fundación que creó en 2008 concede becas de estudio. El origen de su filantropía, apuntó, quizá naciera en el viaje que realizó en 2004 a África como embajador cultural de Unicef. “La situación de alguna gente allí me hizo sentir triste”, aseguró el pianista, al que Ruiz Mantilla definió, acertada y asentidamente por el aludido, como “un músico global”.

Llegado el turno de preguntas del público, algunas cuestiones técnicas: “¿Por qué toca la Rapsodia húngara nº 2 de manera diferente a otros pianistas?”; ¿Aprendió a tocar usando escalas?”. “Son preguntas difíciles”, decía risueño el músico. Otras intervenciones fueron tan entrañables que arrancaron los aplausos de los presentes, como cuando un niño de 12 años le agradeció que se acordara de los más pequeños a través de su fundación. A la cuestión de cuándo comprendió que era músico, que esa era su vida, Lang Lang respondió que fue a los cinco años, subido ya sobre un escenario. “Me dí cuenta de que tocar ante el público es cálido, es muy satisfactorio”. Quizá, tras la acogida de ayer, volviera a sentir lo mismo.

Afinación “low cost”

Un precio alto pactado por la afinación de un piano no es una garantía de un trabajo bien realizado. Muchos “pseudo-profesionales” cobran precios de escándalo y muchos prfesionales de primera categoría tienen una tarifa ajustada a mercado y a la situación de crisis. Pero casi sin duda un precio muy bajo es una promesa de problemas. Cuando el precio solicitado por una afinación es sensiblemente más bajo que el del mercado es que se están dando alguna de las siguientes situaciones:

1- El afinador es un chapuzas que no sabe muy bien que es lo que está haciendo y en el proceso de aprendizaje decidió ganar algo de dinero y experiencia a costa de manosear el piano de un cliente/víctima
2- El afinador no va a dedicar verdaderamente el tiempo necesario para trabajar sobre el instrumento y va a hacer una afinación contra reloj
ó
3- El afinador está afrontando una mala época y necesita trabajar a cualquier costo.

Lamentablemente en los últimos meses están proliferando las llamadas de víctimas de los casos 1 y 2. Quienes tienen la “suerte” de contratar barato y encontrarse con el caso 3 no tienen, en general de que preocuparse. En cambio los que caigan en manos de los casos 1 y 2 terminaran llamando a un afinador de verdad, pagando lo que vale un servicio de calidad y eventualmente las reparaciones de los despropósitos del afinador anterior incluyendo cambios de cuerdas, clavijas forzadas, y un larguísimo etcetera. Un piano es un instrumento delicado y afinarlo es una tarea que requiere tiempo, experiencia, mucha paciencia y la posibilidad de trabajar con calma. Afinar un piano no es solamente ajustar cuerdas sino que requiere revisar la mecánica y ajustar aquellas cosas que muestren un cierto desgaste. Afinar un piano es entonarlo y afinarlo d etal manera que en los siguientes días no se desafine pero además en los siguientes años no presente holguras en las clavijas que lo conviertan en un mueble inútil. Afinar un piano tiene en estos momentos en Madrid un coste de entre €60.- y €80.-, es decir entre 5 y 7 euros mensuales si hacemos una afinación anual ¿Cuál es el sentido de arriesgarse a entregar un instrumento de varios miles de euros a un advenedizo con la intención de ahorrar veinte o treinta euros en un año? A cambio de ese ínfimo ahorro estaremos generando, casi con seguridad, un problema en nuestro inetrumento.

Brendel abandona su retiro

Atípica hasta el final, la carrera del austriaco Alfred Brendel (Weinsenberg, Moravia, 1931) prosigue después de su retirada de los escenarios como pianista, en 2008. El artista sigue teniendo la necesidad de interrogarse sobre música en particular y la vida en general, dando respuestas al público y a sí mismo: no para imponerlas, sino como estimulantes sugerencias intelectuales. Ayer, invitado por Ibercàmera, dictó una conferencia en el Palau de la Música de Barcelona, sobre El carácter musical en las sonatas de Beethoven y la noche del miércoles se proyectó en un céntrico cine de la ciudad el documental Man and mask, realizado el año 2000 por la BBC y la ZDF, un delicioso retrato de Brendel que da cuenta de sus múltiples intereses, desde la literatura y las artes plásticas hasta la buena compañía de amigos, preferentemente no músicos.

El humor es uno de los rasgos que siempre le caracterizó: “No fui un niño prodigio. No soy judío, al menos hasta donde yo sé, ni provengo de ningún país del este europeo. Mis padres no fueron músicos. Tengo una buena memoria, aunque no excepcional. No soy muy bueno en solfeo. O sea, no sé por qué he triunfado en la vida como músico”, suelta al principio de la película, mirando a cámara con esos ojos de búho extraviado o de sabio en las nubes que siempre han predispuesto al público a simpatizar con él
En el Palau de la Música, Brendel disertó sobre el “carácter” de las sonatas beethovenianas, una cuestión que viene persiguiéndole de antiguo, como escritor de ensayos musicales que también es (además de poeta, con varios libros publicados). “Una de las tareas más deliciosas del intérprete es la de intuir los móviles psicológicos que se esconden tras la partitura y que a menudo no pueden capturarse con palabras”, destacó ayer al principio de su charla, para, acto seguido, establecer una antinomia entre “estructura” de la obra y “carácter” o, mejor, “caracteres”, ya que en una misma pieza suelen encontrarse muchos, a menudo, contradictorios. Precisamente, la especificidad de la obra de arte es conseguir que convivan en la unidad.

Incluso en el punto de vista adoptado, Brendel se muestra como un músico atípico. Si los profesionales del pentagrama prefieren hablar de la estructura de la obra como dato objetivo incontrovertible y dejar el carácter para las elucubraciones de los amateurs, él se coloca del lado del carácter e intenta explicar, con encantadores ejemplos al piano, la intencionalidad psicológica y moral con la que el compositor se puso a escribir determinados motivos. Se mostró en plena forma ante el teclado a la hora de ilustrar los ejemplos: canturreando, con su característico espasmódico movimiento de mandíbula, fue desgranando los motivos con una pulcritud expresiva que dejó al público con ganas de oírle tocar una pieza de principio a fin.

Tratando de establecer una tipología del carácter de las sonatas beethovenianas, Brendel las clasificó como “pictóricas”, como la Waldstein o la Appassionata; “elocuentes”, como la Opus 7; o “de danza”, como la célebre Pastoral, opus 28 (o la Séptima sinfonía, “apoteosis de la danza”, en palabras de Wagner). No contento, aún introdujo posteriores categorías, como los cuatro elementos primordiales -el fuego, el aire, la tierra y el agua-, para concluir con un deseo que está escrito en el frontispicio de su arte: “El intérprete haría bien ocupándose de la estructura y el carácter como dos funciones que proceden de lugares diferentes, pero en la esperanza de que algún día se unan en algún punto donde el sufrimiento de la interpretación pueda transformarse en el consuelo de una experiencia satisfactoria”. Se intuye tras estas poéticas palabras el compromiso moral del intérprete ante el público: sintetizar opuestos para hacer comprensible la obra bajo “un velo de orden”, según dejó escrito Novalis.

Toda la carrera de Brendel, sus imperecederas interpretaciones de Beethoven, Mozart, Schubert o Liszt, nacen de esta tensión resuelta en un orden velado. En el reportaje televisivo aparece un fragmento largo del ensayo del pianista del Viaje de invierno de Schubert con el barítono Matthias Goerne: vale la pena repasarlo para entender hasta qué punto el “carácter” de la obra es un compromiso con cada una de las palabras del texto. En otro momento, es el director Simon Rattle quien confiesa que la primera vez que actuó con Brendel temió seriamente no poder dar el sinfín de matices de carácter que este le exigía.

Brendel, el músico atípico, el autodidacta que tuvo su primer contacto con la música a través de las operetas que reproducía el fonógrafo del hotel de Krk, en la Costa Dálmata, regentado por sus padres, también fue pintor de joven, incluso llegó a realizar una exposición. Formado al margen de escuelas, sintetiza la libertad interpretativa y la necesidad de explicarla tan características del siglo XX. Hoy volverá a exhibir una y otra en una clase magistral que dictará en el Conservatorio del Liceo, acompañado por el Cuarteto Casals. Se ha retirado de la interpretación, pero su compromiso con el arte, está claro, sigue muy vivo.